Desde la Antigüedad, el Golfo Pérsico ha estado en el punto de mira del mundo pero, en la actualidad, más aún, ya que sus aguas se han convertido en una gran “olla a presión” a punto de explotar debido a que dentro de los países que lo forman, encontramos las dos mayores vertientes del Islam: sunismo y chiísmo, cada día más distantes ideológicamente y al mismo tiempo unidas geográficamente. Todo esto bañado por un “oro negro” que pone aún más en relieve su atractivo económico.
El Golfo Pérsico es una zona asiática, situada entre la Península Arábiga e Irán; formada por Omán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Arabia Saudí, Kuwait, Iraq e Irán. Todos ellos comparten las aguas del golfo, cuya llave de paso es el angosto Estrecho de Ormuz.

Los países del Golfo Pérsico podrían dividirse en dos grupos según sus características físicas. Los países situados al suroeste (Omán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Arabia Saudí) están caracterizados por su clima desértico en donde conviven temperaturas extremadamente calientes durante el día y bruscos descensos por la noche.
Esta zona está dominada por desiertos muy áridos debido a la escasez de precipitaciones durante todo el año y el agotamiento de aguas subterráneas, por lo que ha sido necesaria la búsqueda de diferentes formas de obtenerla de manera artificial. En cambio, los países del nordeste se localizan en una gran meseta donde predomina el paisaje montañoso. Por ello, aunque su clima es desértico y árido durante el verano, en los inviernos tienen intensas nevadas y el termómetro llega a alcanzar los bajo cero, con ciertas precipitaciones.
La riqueza energética del territorio dista de la riqueza económica de la población. El dinero se concentra en las pocas familias que se dedican al negocio petrolífero, mientras que la mayoría de la población es pobre y está dispersa debido a la gran desertificación que sufren estos países y la falta de una política social tendente a la mejora de vida de estas personas, con muchas restricciones de libertades y opresión.
Antes de que el petróleo fuese el pilar fundamental para constituir la riqueza de un Estado, el Golfo Pérsico era influyente culturalmente gracias a toda la Historia que le precede. Durante cuatro siglos estuvo dominado por el Imperio Persa y todo lo que ello conlleva: una lengua, una religión, una herencia artística, el comercio con las Indias y el control de la zona. Irán es el único país que, dentro del mundo islámico, posee esta herencia persa. De esta manera y con las dos mayores potencias del territorio divididas, cabría destacar que mientras el Reino de Arabia Saudita está actualmente gobernado por una monarquía absoluta que practica un islam conservador, encabezado por el rey Salmán Bin Abdulaziz, la República Islámica de Irán se deja llevar por una variante más revolucionaria de la fe musulmana, considerando que la monarquía en sí misma no era islámica y liderada por el ayatolá Jomeini. Aún así, Arabia Saudí se encuentra en un momento de transformación social, tras haberse iniciado el reinado de Salmán Bin Abdulaziz y coincidiendo con el descenso en los precios del petróleo, que se sitúan a mínimos históricos.

La religión que impera en el Golfo Pérsico y centrándonos en Arabia e Irán, es el Islam, de origen árabe. Y aunque esté construida sobre los mismos cimientos, difieren en el presente: chíitas versus sunitas.
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